Popayán, capital mundial de la poesía
(miércoles, 26 de octubre de 2016)
El 26 de octubre de 2016, Popayán decidió mirarse al espejo más noble de su tradición: la palabra dicha en voz alta. Bajo la organización y conducción del escritor Marco Antonio Valencia, la ciudad se convirtió —más que en un escenario— en un cuerpo colectivo donde cada voz aportó un pulso, un matiz, una memoria. No fue un acto para “consumir cultura”, sino una jornada para habitarla: estar ahí, escuchar, leer, sostener la atención como quien sostiene una vela encendida en medio del viento.
La idea de proclamar a Popayán como capital mundial de la poesía no se quedó en consigna. Tomó forma en una lectura maratónica, intensa y comunitaria: se recuerda la participación de más de doscientos lectores, una asistencia de más de mil personas y una lectura de doce horas en el “teatro Valencia”, como símbolo de una ciudad que se reconoce a sí misma en el rito civil de la poesía.
Una ciudad leyendo: la poesía como ceremonia pública
Lo más conmovedor de esa jornada no fue solo la cantidad, sino el gesto: Popayán leyendo de manera continua, abriendo un espacio donde caben generaciones, estilos, tonos y acentos. En una época marcada por tensiones y cansancios, la lectura larga tuvo algo de resistencia serena: una forma de decir “seguimos aquí” sin estridencias, con la fuerza tranquila del verso.
El evento, además, dejó huella material: una antología preparada específicamente para la ocasión (Popayán: capital mundial de la poesía: antología 2016), publicada como “publicación para el evento”, con edición de 2016 y 50 páginas. Esa memoria impresa funciona como acta poética: no reemplaza la experiencia, pero la preserva y la vuelve consultable para quien no estuvo, o para quien quiere volver a ese día.
Voces reunidas y memoria compartida
Como sucede con los encuentros que importan, la convocatoria no se limita a nombres: construye pertenencia. Diversos autores y reseñas biográficas posteriores registran participación o presencia en esa antología de 2016, señalando que allí confluyeron voces de la región y del país (y, por su vocación, también abiertas a resonancias más amplias).
Y es coherente que el impulso provenga de un organizador con oficio de gestor cultural y promotor: en perfiles y textos biográficos se destaca a Marco Antonio Valencia como integrante de espacios literarios del Cauca y director de una tertulia, lo que ayuda a entender la capacidad de tejer comunidad alrededor de la lectura pública.
Lo que quedó: una declaración que fue, sobre todo, una práctica
Llamar a una ciudad “capital mundial de la poesía” puede sonar grandilocuente… a menos que se lo respalde con algo real: gente leyendo durante horas, y un público sosteniendo el silencio, el aplauso, el turno de la palabra. Por eso, la mayor virtud del evento fue convertir el título en práctica: la poesía no como adorno, sino como forma de reunión.
En retrospectiva, aquel 26 de octubre no fue solo una fecha cultural. Fue una lección sencilla y poderosa: cuando la ciudadanía se apropia del arte —sin pedir permiso, sin solemnidad vacía— la ciudad se vuelve más ciudad.








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